Starcraft. Uno de los mejores y más reconocidos juegos de estrategia de todos los tiempos, disponible para un gran número de plataformas, aunque encontró su nicho en la PC gracias al servicio gratuito de matchmaking en línea Battle.net. ¿A qué viene esto? Este juego, ahora plagado de coreanos invencibles por razones que la verdad ignoro, ha permitido nacer a una casta de “pakitos” -mulas cerotes que viven conectados a sus juegos por vía intravenosa- que, por sus impresionantes conquistas intergalácticas se sienten eminencias en el arte de la guerra. De la otra cara de la moneda tenemos a tarados que se creen Patton por haberse macheteado El Arte de la Guerra de Sun Tzu, grupo demográfico del cual, admito, fui parte hasta que la emoción de haber terminado el libro se me bajó.
Por otra parte, tenemos películas como Platoon, Full Metal Jacket y Apocalypse Now que nos hablan sobre los horrores de la guerra y cómo tiende a aflorar los rasgos más oscuros y brutales del ser humano. Todas son buenas películas, pero al final no pasan de ser eso.
¿A qué quiero llegar? Hace más o menos un mes, recibí en el correo un libro que llamó ligeramente mi atención por comentarios de gente respetable. Habiendo leído las primeras veinte o treinta páginas, me vi iluminado en maneras inesperadas; en pocas palabras, sentí que estaba aprendiendo mucho más sobre la guerra de lo que cualquier película me hubiera mostrado, y que, en comparación con dichos pakitos abismales, me volví básicamente Napoleón. El libro sobre el que hoy les platicaré es un tratado único y revelador sobre la guerra, un parteaguas en la historia de la narrativa histórica. Este libro es The Face of Battle del inglés John Keegan.
El libro comienza con un gesto bastante humilde de parte del autor, admitiendo de inmediato que jamás ha participado en una guerra, y que todo lo que diga en las 300+ páginas restantes, lejos de ser afirmaciones, son conjeturas que un académico hace en base a documentos, mapas, cronogramas y testimonios que se han preservado en el transcurso de la historia. En un principio puede sonarte como el clásico marica dibujando círculos con el pie y desviando la mirada para que no lo abochornes, pero honestamente, conforme avanzas con su prosa informativa e inteligente -a veces irónica- se te olvida.
Si sabes leer -y si vas hasta aquí se debe suponer que sí-, verás en la portada que el libro es un estudio de Agincourt, Waterloo y el Somme. No, pendejo. No son bandas ni álbumes de epic metal (aunque Waterloo de Iced Earth no está nada mal). ¿Quiénes son esos tres güeyes? Mal. Estas tres batallas, aunque no fueron macrohistóricas -de relevancia irremplazable para la historia universal, salvo por Waterloo (les dejo esa de tarea por si no saben qué pedo)-, fueron elegidas por Keegan debido a su relativamente similar situación geográfica y la época en que sucedieron. Los tres conflictos se fraguaron en el noroeste de Francia en 1415, 1815 y 1915 respectivamente. Así pues, el corazón del libro, a grandes rasgos, es un análisis de las batallas que se llegaron a librar mediante combate cuerpo a cuerpo con espadas, hachas, arcos y flechas; mediante el uso de rifles y fusiles apoyados por sable y caballería; en trincheras, mediante artillería pesada y ataques aéreos.

"¡A chingar a su madre de aquí!"
Dirás: ¿Eso es todo? Pues te chingas. No. El capítulo que sirve de prefacio para el análisis de las batallas, aquél titulado “Old, Unhappy, Far-off Things” (lit. “Cosas viejas, tristes y distantes”) es un enorme ensayo sobre la historia de la narrativa histórica, sus distintas corrientes, sus más notables exponentes y estilos y sus fallas más comunes. Es tan completo y tiene tanto impacto por sí sólo que bien podría venderse o leerse como un libro aparte sin mayor problema. Ahora, si eres un diablo que gusta de conflictos épicos representados en 300 y Lord of the Rings, o de temibles guerras como aquellas que aparecen en Saving Private Ryan, Band of Brothers o Jarhead (…jeje) como yo, la gran mayoría de los puntos que Keegan comenta te van a caer como cubetazo de agua helada.
Por mencionar un ejemplo, ubiquémonos en un campo de batalla con dos ejércitos de infantería a punto de enfrentarse. Algo así como las fuerzas persas contra Esparta, en terreno llano y sin ventaja numérica; o bien, como en Braveheart. Después de decir palabras alentadoras a las tropas (y de enseñar el culo), ambos bandos corren como una locomotora humana, un sistema de engranes sincronizados a la perfección. ¡Están listos para chocar, con música de Clint Mansell o Hans Zimmer en el fondo!
¡Jaja! Pendejo.
Aplicando las perspectivas de Keegan, empecemos por desgajar el prospecto de un choque de proporciones épicas. ¿Estás seguro que todos los hombres van a correr juntos, al mismo tiempo, a la misma velocidad y sin romper filas? Si los hombres corrieran demasiado rápido y el terreno fuera incluso módicamente irregular, con que alguien se tropezara, éste terminaría víctima de una estampida humana, y esto si aquellos detrás de él son lo suficientemente ágiles y rápidos para reaccionar y saltarlo -o, en el peor de los casos, pisarlo-. Si cualquiera de los dos ejércitos no disminuye la velocidad para evitar romper las filas, terminaría amontonándose al frente, donde los guerreros, por más buenos que fueran, se verían limitados en movilidad y maniobras al tener al enemigo al frente y a sus compañeros vilmente empujándolo. Mientras tanto, conforme los cuerpos caigan, los soldados tendrían que caminar sobre ellos para avanzar, posiblemente tropezando o deteniéndose en superficies inestables (¡cadáveres!), causando más muertes bastante estúpidas pero nada ajenas a la guerra real.
Son esta clase de cosas las que te dejan reaccionando “¡Duh! ¡Pues a huevo!”, para que luego, ya que las sopeses bien, te quedes con un avergonzado “…pues a huevo.”. Son esta clase de cosas las que te esperan en esta gran pieza que trata no sólo sobre generales, estratagemas, territorio, correspondencia, clima, terreno y armas, sino también sobre hombres que, violando la ley cristiana, salían a los campos de batalla a pelear no sólo con el objetivo de ganar; también el de salir vivos.
En una nuez, si quieres aprender más de la guerra que lo que aprendiste en primaria, secu y prepa (aunque de seguro te la pasaste dibujando pitos en las ilustraciones del libro de texto), aplastando a la perrada futbolera con tu superioridad cultural, esa figurita de Sephiroth con paquete articulado y maquillaje de verdad puede esperar. Gástate ese dinero en algo mejor. Cambia unos dolaritos, busca en internet y saca tu diccionario de inglés. Cómprate The Face of Battle.
they thought their son Monotaro was retarded
-JG